sábado, 6 de julio de 2013

Juego de cartas. mi nueva novela

Juego de cartas es el título de mi nueva novela, cuyo book tráiler pueden ver en:

YouTube.com Book tráiler Juego de cartas.
Para mayor información, dirigirse a:
monjaportuguesa@yahoo.com

Gracias por su interés y comentarios
Miguel

A continuación se transcribe una breve reseña de la obra:




Juego de Cartas es una novela acerca de los vínculos entre la realidad y la ficción, bajo el impulso del amor y el deseo. A partir de las famosas Cartas Portuguesas, escritas por Mariana Alcoforado, una monja portuguesa del siglo XVII, y dirigidas al Vizconde de Chamilly, su amante francés, un escritor del siglo XXI explora los mundos posibles de personajes reales y fricciónales, históricos y contemporáneos. Utilizando recursos de la posmodernidad literaria, la obra mezcla el humor, la ironía y el ensayo; el pastiche y la reflexión académica, en un juego que reclama la participación del lector.

 

Claudia Ester San Marino, académica en el Departamento de Filosofía de una universidad mexicana y judía iconoclasta, induce a su colega Miguel Cossío Woodward (que aparece como personaje) para que emplee dichas Cartas portuguesas en sus clases de literatura epistolar, así como para que escriba una novela transgresora en torno al tema. Miguel le propone su historia a un guionista de telenovelas brasileñas, y ambos se relacionan con la monja y otros personajes históricos, que perviven y actúan desde el supratexto de las letras. Unos ladrones se apoderan de las cartas originales y tratan de venderlas al mejor postor, mientras el Vizconde y Mariana Alcoforado reclaman sus derechos de autor. En un contrapunto, Miguel reflexiona sobre el oficio del escritor, Rilke y Kafka, Kierkegaard y Tolstoi, Simenon y Poe, entre otros autores, en un doble juego marcado por el humor, lo popular, lo académico y el mundo de nuestro tiempo.

 

Juego de cartas, Miguel Cossío Woodward

México: Fundación para Leer en Libertad, A.C., mayo 2013

viernes, 27 de abril de 2012

Las palabras perdidas de Victoria Dana

Las palabras perdidas de Victoria Dana Texto en la presentación de la novela del mismo título, Librería Rosario Castellanos, Ciudad de México, 19 de abril de 2012 Las palabras que con notable eficacia ha escrito Victoria Dana no están, ni estarán nunca perdidas: pertenecen ya al vasto y extraño territorio de la más auténtica literatura de estos tiempos. Son piedras miliares que marcan, como hacían los romanos, las distancias y las fronteras en las calzadas reales de la creación artística; señales que indican el inicio de una nueva experiencia y de otra exploración en una dimensión mayormente desconocida. Son las palabras dichas y no dichas; mejor aún, las indecibles y las aún in-formadas, no sonoras, pero nunca silentes. No están perdidas, sino encontradas en el mundo interior, caótico y regresivo, de Blanca, el personaje de esta novela, una mujer condenada por una cruel enfermedad a la desconexión total con el mundo exterior. ¿Es posible entrar en la mente de otro ser humano, descubrir sus voliciones, fantasmas y complejidades? Algo así intentan los psiquiatras en el famoso diván, con resultados muchas veces controvertidos. Tal fue, en cierto modo, el propósito de quienes llevaron a la literatura los meandros del monólogo interior, desde un lejano Tolstoi, hasta Dujardin y por la mano suprema de Joyce. Pero las mentes que representaron esos autores con singular brillantez no estaban afectadas por el Alzheimer u otros padecimientos relacionados con síndromes hasta cierto punto parecidos. No tuvieron esos grandes escritores la información científica de nuestros días, y probablemente no se propusieron tampoco retratar esa genéricamente llamada demencia senil, tan antigua pero no muy abordada en la literatura universal. Vicky Dana es la primera escritora mexicana que sigue paso a paso el proceso degenerativo de la mente en una mujer, originalmente brillante y exitosa, que va perdiendo las palabras y, en consecuencia, el sentido de la realidad, si es que ésta tiene sentido. No podemos afirmar con absoluta certeza que existe algo fuera de nosotros mismos, como advirtió Berkeley, pero intentamos descubrirlo, y tal vez inventarlo por medio del lenguaje. Si estuviésemos privados de la facultad de nombrar las cosas que se nos presentan ante la conciencia, como sí la tuvo el padre Adán para apropiarse del mundo, seríamos incapaces de aprehender el significante y el significado de las plantas, las aves, el mar, las luces y las sombras que proyectan otros seres y esencias en nuestro minúsculo espacio de existencia. Recurrimos entonces al diccionario, artificio relativamente reciente en la historia de la cultura y con el que por cierto no contó, para su invención de lo humano, el divino Shakespeare. En esta novela, Blanca intenta mantener contacto con la realidad, aferrándose a un diccionario, especie de letra muerta del lenguaje, frente a cuyas definiciones ella sólo puede evocar fugaces brochazos de su propia vida, porque las palabras –nos sugiere Vicky- son sólo disparadores de la memoria, etiquetas de sueños, ecos lejanos de inasibles esencias. Palabra, palabras, palabras responde Hamlet, a la pregunta de Polonio acerca de lo que está leyendo. Palabras, palabras, nos dice Vicky, porque nuestro mundo, el que creemos ver y saber, lo que nos ha tocado entender como parte del juego incomprensible del Misterio, es y existe para nosotros en el catauro de voces que aprendimos; en el libro olvidado en algún desconocido anaquel de una inmensa biblioteca que otros llaman el universo, al decir de Borges. Pero esta novela, recién publicada por Textofilia Ediciones, nos presenta asimismo otras interrogantes. En primer lugar, desde el punto de vista artístico, la obra rodea la complejidad que implica el concepto de monólogo interior, En el ámbito sajón, sobre todo, se advierte que es prácticamente imposible (o ininteligible) el flujo de la conciencia, esa corriente a chorro de pensamientos, sin orden lógico aparente, gramatical o sintáctico, que inunda la mente humana y frente a la cual el escritor termina por editar, corregir y hacer comprensible a los lectores, mediante el monólogo interior, las ideas y sentimientos básicos de sus personajes. Sin embargo, y ahí es donde reside, a mi juicio, la originalidad de Vicky Dana, aún si pudiéramos transcribir literariamente dicho flujo de la conciencia, nos encontraríamos probablemente con una cada vez más extraña ausencia de palabras o significantes cuyo íntimo sentido carece en apariencia de lógica. Es el fondo de un fondo sin fondo asequible. Mientras Blanca se abisma en la enfermedad, el lector atento se cuestiona si lo que dice un diccionario (o más actualmente un artículo de la Wikipedia en Google) corresponde a una interpretación válida para todos, o tiene un significado particular, afincado en la visión individual, que se aparta de la versión lingüística comúnmente aceptada. Ése es un fenómeno que Nietzsche describió en su famoso ensayo sobre verdad y mentira en el sentido extra-moral. Las palabras no representan las mismas cosas para todos. Y, al mismo tiempo, como afirmaba el célebre lingüista Humpty Dumpty, significan lo que él, o cualquiera de nosotros, quiere que signifiquen. Ahí es donde Vicky Dana, con el instrumento de un narrador objetivo, omnisciente diríamos, abre la puerta a otras indagaciones. Por ejemplo: ¿ser mujer, esposa o madre es sólo existir como nombre, objeto, pieza en un extraño mecanismo familiar o social donde todos somos extraños de los extraños? Queda otra interrogación. En la primera mitad del siglo XX el ruso Iván Pavlov planteo la idea de que el lenguaje es un segundo sistema de señales, propio del ser humano, por encima del reflejo incondicional. La discusión acerca de la importancia y significación del lenguaje como factor determinante de nuestra actividad vital sigue siendo objeto de estudio y polémica hasta nuestros días. La literatura, asentada firmemente en este segundo sistema de señales, recrea el universo, da color al paisaje, hace volar el pensamiento, mueve las pasiones, engendra la vida que nos vive, imagina tierras, planetas, galaxias infinitas cuya verificación objetiva depende finalmente de la imagen creada. Y la propia literatura intuye, con Macbeth, que la vida es un cuento relatado por un idiota lleno de Furia y Ruido., sin ningún significado. El arte, con toda su grandeza posible, se queda en los umbrales de algún ignoto sentido. ¿A dónde van, pues, las palabras perdidas, el relato de una vida, las definiciones canónicas que consultamos para tratar de apresar la proteica realidad que nos abruma? ¿Carece de pensamientos -o como se llame,- el individuo que deja de pensar pensamientos que se pueden congelar como palabras? ¿Hay algo detrás del segundo y del primer sistema de señales, que es ánima en lugar de ánfora vacía? Son preguntas lanzadas a las ciencias y a la filosofía, pero temas apasionantes para los novelistas del siglo XXI que, traspuestos los cuarteles de la novela histórica y los grandes relatos sobre las aventuras sociales e individuales, deben bucear en el microcosmos -tal como se hace en la mecánica cuántica,- para inaugurar una nueva literatura; necesitan traspasar las fronteras de la propia literatura, del arte en general, que ya resultan camisas de fuerza tradicionales. El hombre de hoy no es la máquina del progreso característica de los siglos XIX y XX, tampoco la impresionante tecnología de nuestro cambio de época. Sigue siendo un misterio Y ése es el misterio al que se acerca, con modestia pero también con audacia y belleza, esta novísima escritora, Vicky Dana, nueva por sus letras; nueva por su inquietud artística, por su juventud espiritual, por su sagaz planteamiento y porque su novela nos deja con una aterradora y apasionante inquietud: ¿es cierto que lo demás es silencio’ Pero, ¿qué es el silencio, Dios mío?
El secreto de la casa de El Cairo, novela de Maries Ayala. Texto leido la noche de su presentación, miércoles 22 de febrero de 2012, en el Club de Industriales de la Ciudad de México. No creo cometer una indiscreción demasiado grave si me atrevo a revelarles el secreto de la casa de El Cairo. Aún así, y con más razón, me apresuro a convocarles para que adquieran la novela del mismo título, escrita con notable maestría por Maries Ayala y elegantemente publicada por la editorial Plaza & Janés. ¿Para qué sirve un secreto si nadie por sí mismo lo averigua; si no se comenta y divulga a los cuatro vientos, de modo que todos se enteren y lo repitan con asombro o escándalo? La incógnita que pretendo descubrirles no es exactamente la que se narra en esta obra, sino la que presiento detrás, inserta en el ámbito numinoso de la creación artística. Hay, a mi juicio, en todo movimiento del espíritu y la acción del ser humano un misterio más profundo, tal vez incognoscible, que nos impulsa a confrontar y transformar la supuesta realidad, convirtiéndola en libro –como en este caso-, en pintura, música, pirámide o satélite, es decir, en permanente invención de la verdad, si como tal existe. Y ahí radica el íntimo secreto de esta obra, mejor aún, de su autora, cuya motivación para escribir y su feliz realización es todavía más fascinante y meritoria. ¿Cuál es la clave que la define como mujer que publica, según diría Rosario Castellanos, decidida a transgredir prejuicios y dar voz a quienes padecen y sueñan? ¿Por qué y para quién escribe Maries Ayala en este mundo medieval-posmoderno, y a quién puede importarle si hubo alguna vez una casa real o ignorada en El Cairo, donde vivió un pachá y el amor, eterno protagonista de la historia, libró arcanas batallas rubricadas con sangre? Doble interrogación por la que transita una sola respuesta: Maries escribe porque ha sido lanzada, como todos nosotros, a esta extraña existencia, y es víctima consciente de un rayo divino, el afán de belleza que la marca y obliga. Escribe porque padece de una enfermedad congénita, también contagiosa, asimismo incurable, que algunos llaman vocación, necesidad de arte, y que hoy reconocemos en las páginas de esta novela. Maries escribe porque es y quiere ser filtro de la memoria, canción contra el desierto de los días inocuos, homenaje al jeroglífico de los tiempos pasados e imaginación del futuro. Lo hace para salvarse y salvar del olvido a Ana, Alí, la joven Misrachi, sus personajes, y a las vidas posibles que alguna vez habitaron en El Cairo, en Nueva York, en México o en alguna parte, seres reales en la fantasía del universo, donde todo es maya, delirio, tragedia y pasión. Las novelas, y ésta en particular, son casas con habitaciones donde se hace por la noche el amor; son cocinas en las que se preparan los alimentos del cuerpo; escaleras de Escher que terminan en cuartos tapiados; jardines, a veces, con palmeras de mármol. Todo murmura, incluso el silencio, porque tanto en la ficción como en la realidad los humanos dejamos huellas, en apariencia invisibles, de nuestro andar cotidiano por el piso del tiempo. En los picaportes de las puertas, en las paredes desnudas, en los rincones que escucharon nuestros rezos y gritos, de algún modo quedaron impresas las señas de nuestra nada. Ésa es precisamente la percepción extra-sensorial que asalta a la protagonista al llegar a la residencia cuya foto aparece en la portada del libro, testimonio visual de la maravillosa capacidad que tiene la literatura –la mano de Maries- para descubrir o fabular el secreto, verídico o falso, escondido entre ladrillos de ilusiones perdidas. Hay en esta obra, además, un paralelismo simbólico entre la profesión de Ana, la protagonista, y su estancia en la enigmática casa. Ella es arqueóloga o antropóloga, estudia huesos, desenfardela momias, intenta desentrañar el pasado para entender el presente, pero a la vez se hospeda en la mansión de ahora, donde persiste un ayer que se oculta y la inquieta. Las casas, nos avisa la autora, también son tumbas donde yacen enterradas las horas vacías, rutinarias y absurdas; las disputas familiares por baladíes razones, las fiebres por deudas impagables y vanas, o las calenturas pasajeras, debidas a la ingesta en exceso de drogas como el amor, la más dura de todas. En nuestras moradas cohabitan, sepultas o insepultas, las pequeñas miserias que alguna vez arrastramos, cruces privadas de la condición humana, eco inaudible de suspiros y ayes. Pero hay también en las casas, tal la aquí novelada, espacios que albergan los juegos de los niños, pianos donde se pulsan nostálgicas notas, armarios con ropas de veranos ardientes, sábanas verdes para el sexo glorioso, y espejos antiguos que conservan nuestros rostros, sin arrugas ni manchas, porque seguimos siendo cuanto fuimos y somos. Tienen las viviendas, como ojos abiertos, ventanas que dan a las calles ajenas, recibiendo la luz que dispersa las sombras y, en fulminante anagnórisis, descubre las causas del dolor subyacente y aviva la fuerza arrolladora de la esperanza. Así es la casa que Maries ha construido sobre firmes pilares de escritora madura, con delicado trazo en renglones torcidos por el dedo sagrado, y en el afán de rescatar la arquitectura del sueño, nido del inconsciente, lugar de fantasmas y duendes perdidos en su tierna crueldad. La palabra es la casa del ser, sentenció Heidegger, y los seres que pueblan esta obra son voces que dicen más de lo que dicen, pertenecen a una metaficción donde la casa no es un sitio concreto, sino un símbolo de la frágil experiencia humana. Todo pasa: el amor tocando un trombón a mediodía, el dolor al tañer de una campana, el deseo que sacude las entrañas, la muerte inexplicable, suicidio de lo vivo. Quedan muros, obras también perecederas, testimonios en piedras silenciosas, monumentos contra el olvido inevitable, túmulos que honran defunciones, fútiles intentos de permanencia en la impermanente virtualidad del universo. Palabras, palabras, palabras, responde Hamlet, indicando, quizás, que todo se concentra en la expresión y nada es –libro, palacio, reino, trasmundo- si no aparece en el habla o en la letra que lo constituye. He ahí el secreto de esta novela, en realidad de la autora, al hacer que las palabras .nos cautiven, enreden, hagan sentir lo que sintieron o sienten otros, que acaso fuimos o somos, mientras vivimos en una versión apasionada de la realidad o el sueño. Novela de corte fantástico, dirán algunos; propia del realismo mágico, afirmarán otros; histórica y realista, se propondrá más allá, y un poco de todo eso, pero algo más encontrarán los lectores, cautivados por el rigor de la prosa, la trama bien trazada y el mensaje estético que con emoción y eficacia trasmite Maries Ayala: amar es la palabra del ser. El secreto está en ti, autora, lectores, en nosotros, y en esta novela. Toda obra que somos ratifica el inmenso poder de la literatura y el arte, creación de la Creación.

sábado, 17 de octubre de 2009

Como yo te he leído

Mi amigo, don Miguel de Unamuno, a quien conocí en una novela, escribió alguna vez acerca de lo que llamó la intrahistoria, para referirse a la vida tradicional, que sirve de aparente decorado a la historia más visible. Decía el autor del famoso ensayo En torno al casticismo, que la intrahistoria es todo aquello que ocurre pero no publican los periódicos. Es decir, lo que sucede en la sombra, en el discreto espacio de lo privado, al que muchas veces no accede la historia oficial. Porque en el tálamo regio, en el jergón de una choza, o en las simples circunstancias de una celebración familiar, los olvidados de siempre desatan, aún sin saberlo, una cadena de acontecimientos cuyo desenlace se inscribe en los grandes episodios que los cronistas registran con exhaustivo rigor. Ése es precisamente el lugar que redescubre Erma Cárdemas: el punto ignorado pero cierto, muchas veces secreto, donde los héroes, los antihéroes, las doncellas y los seres comunes de carne y hueso que nunca han sido coronados de laureles, se sientan a platicar, hacen el amor, escriben cartas privadas, rezan, cocinan o duermen la siesta de los justos. El mundo soslayado, pero humano, más que humano, de la intrahistoria.
"Como yo te he querido. Historia de amor entre Concepción Lombardo y Miguel Miramón", la última obra publicada de esta notable escritora mexicana, se inscribe cabalmente en dicho concepto unamuniano, al ir más allá de los límites tradicionales entre biografía, testimonio y novela, así como entre historia y literatura, para adentrarnos en la vida íntima de dos personajes que se conocieron y amaron en la convulsas circunstancias del siglo XIX mexicano. Erma Cárdenas se atreve en este libro a leer las Memorias de Concepción Lombardo, la esposa de Miguel Miramón, desde la carne, los huesos y el corazón en vilo de aquella mujer enamorada y testigo de su tiempo, pero también con la perspectiva del siglo XXI, cuando el ayer, que parece estar dicho y congelado en los textos oficiales, necesita ser revisitado para entender el presente y atisbar el futuro. Y Erma no sólo lee aquellas Memorias, sino que las comenta, las completa, y en gran medida las reinterpreta, en un ejercicio de actualización apasionada y fiel que nos obliga a repensar los hechos de entonces, amando también a quien supo amar, y por su amor persiste y en la letra existe.
Una de las mayores virtudes del texto que aquí presentamos es que podemos verlo como una página más, e indispensable, de la historia de México, y a la vez como una novela colmada de episodios dramáticos, dominados por el soplo terrible de la tragedia, con personajes enfrentados de manera inevitable al juego caprichoso del destino, moviéndose hacia un desenlace fatal. Por lo que respecta a la Historia, con mayúscula, la autora respeta cuidadosamente el sentido del término, que implica, desde los griegos, la narración de los hechos humanos y los hechos en sí, la realidad tal como Concepción Lombardo asegura ocurrió. Enseguida el lector advierte la parcialidad de la narradora, que intenta reconstruir objetivamente un pasado por definición efímero, ya ido, perdido en las volutas de su memoria. Hay, sin embargo, una magia en estos recuerdos, una relación íntima entre la voluntad de reconfigurar los hechos, esto es, el intento de registrar su verdad, y la idealización de un fuego cuyas llamas vitales se apagaron para siempre y sólo quedaron en la adoración de su imagen. La reescritura de aquel pasado es, en manos de Erma Cárdenas, el pilar donde se asienta la posibilidad de la ilusión, es decir la Literatura, también con mayúscula. Lo pretérito sigue vigente, aunque en constante revisión, nos dice la autora, para que el aquí y el ahora tengan razón de ser, y para que el hombre –objeto y sujeto del azar, la fatalidad, el hado, la suerte, el destino– entienda finalmente que, así como la esposa del general Miramón, es sólo sueño, hechura de la fantasía.
Erma Cárdenas sabe, y aquí lo demuestra con creces, que la Literatura es una reelaboración de la realidad, una especie de creación de segundo grado que, en la invención, fabrica una realidad alterna, asequible solamente por medio de las palabras, esas contraseñas que abren sinuosos pasadizos hacia mundos distintos, fingidos pero verídicos, donde los hechos objetivos y duros se subordinan al eterno deseo de volar al infinito. Desde sus orígenes, la Literatura ha sido un cuento de hadas y demonios, sueños y esperanzas, y la Historia un recuento de infortunios y glorias pasajeras; torres construidas para alcanzar los cielos, batallas perdidas en caballos de Troya. Como yo te he querido conjuga hábilmente ambas disciplinas en apariencia distintas pero en verdad fundadas en el mismo asombro ante la vida que fue, pudo ser, acaso sería, de haber sido otro tiempo.
En la Historia está la totalidad de las creaciones humanas, y en consecuencia la Literatura nace, respira y fructifica en la historia, es histórica por necesidad, y por esencia dinamiza y enriquece la historia. Pero son campos diferentes que, por rutas distintas, intentan desentrañar el misterio mayor de existir, la eterna pregunta del por qué y el para qué, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Hizo bien Aristóteles al oponer el historiador al poeta, porque este último busca representar lo universal, “las cosas como podrían acaecer según verosímil necesidad”, mientras que el historiador se dedica a representar “las cosas realmente acaecidas”, es decir, lo particular, por ejemplo lo que hizo Aquiles en la famosa batalla. Así, el testimonio de la Lombardo, el texto vigoroso de Cárdenas, la Literatura, no pueden ser la reproducción exacta de los hechos que a más de un siglo y medio de distancia se disolvieron en la nada del tiempo. Por el contrario, el logro de este rescate literario es la revelación de una realidad oculta, virtual, que coexistió junto a la circunstancia evidente; la presentación de un mundo paralelo donde tal vez ocurrió una Historia gemela, esa fantasía borgesiana que la mecánica cuántica considera posible.
"Como yo te he querido" demuestra, una vez más, que no se pueden deslindar ni oponer la Historia y la Literatura, estos dos cuerpos del entendimiento humano, que son en verdad amantes secretos y hacen el amor a oscuras para engendrar las fábulas que mueven al mundo,. La Historia es el registro del Tiempo, donde irremediablemente existimos, y el tiempo es la esencia de la novela, el espacio donde se manifiesta la Poesía, la imagen que precede la realización de lo humano. Compañeras de viaje, cómplices de una misma ficción, la Historia y la Literatura se polinizan mutuamente, y son como Jano, aquel hijo de Saturno y Entoria cuya cabeza solía representarse con dos rostros, que miraban y conocían lo pasado y lo porvenir.
Finalmente, tras la lectura de esta obra, me atrevería a proponer que, vistas las cosas de cerca, todo forma parte de la Teología, la mítica o fabulosa teología que San Agustín definió como propia de los poetas, porque admite muchas ficciones y va más allá de lo que los dioses son y los ciudadanos deben conocer y practicar. La Historia y la Literatura son, en última instancia, ramas de la Fe, de la creencia y la confianza en la palabra, en la revelación de la belleza; la Fe que implica una firme seguridad de lo que esperamos y la confianza en lo que no vemos todavía. Porque Concepción Lombardo, en la voz admirable de Erma Cárdenas, parece decirnos que escribir es un acto de Fe, de amor y memoria.

Miguel Cossío Woodward
micossio@yahoo.com

16 de octubre de 2009

martes, 21 de julio de 2009

Curso de Otoño, 2009

Los grandes y los nuevos en la literatura latinoamericana actual

Presentación:
El curso rinde homenaje y recupera, por una parte, varias obras maestras (algunas póstumas) de grandes escritores latinoamericanos del fin del siglo XX, como el uruguayo Juan Carlos Onetti, el argentino Julio Cortázar y el paraguayo Augusto Roa Bastos, al tiempo que se propone reconocer la importancia y el afán de renovación en los nuevos autores del siglo XXI, como la colombiana Laura Restrepo, el mexicano César Güemes y el argentino Andrés Neumann.
Está estructurado en tres partes, a saber:
I. Homenaje a Juan Carlos Onetti.(1909-1994)
En julio de este 2009 se celebra el centenario del nacimiento del gran escritor uruguayo, acreedor, entre otros, al Premio Cervantes de Literatura 1980. Se analizarán dos de sus obras más importantes: El Astillero (España: Salvat Ediciones, 1970) y Junta cadáveres (Barcelona: Seix Barral S.A, Colección Obras maestras del siglo XX, 1985). Se comentarán asimismo a la luz del ensayo de Mario Vargas Llosa El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (México: Editorial Alfaguara, 2009).
II. Últimas obras y Papeles póstumos
Se comentará la última novela del paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), Premio Cervantes de Literatura 1989, titulada Madama Sui (México: Alfaguara, 2009, Colección Grandes Maestros de la Literatura Iberoamericana. y una selección de Papeles inesperados, del gran escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984), textos recientemente encontrados en una vieja cómoda por su viuda y publicados en México por Santillana Ediciones Generales S.L., 2009.
III. Los más recientes
Tres novelas recientemente publicadas: Demasiados héroes, de la colombiana Laura Restrepo (1950), Premio Alfaguara de Novela 2004; El viajero del siglo, Premio Alfaguara de Novela 2009, del argentino Andrés Neumann (1977); y Cinco balas para Manuel Acuña, del mexicano César Güemes (1963).
Método:
Los participantes leerán las obras y expresarán sus opiniones, comentarios, preguntas y dudas en las respectivas sesiones. Teniendo en cuenta la extensión de las obras, se considerará el tiempo necesario para la lectura de cada una. El profesor ofrecerá orientaciones y comentarios acerca de cada obra y de sus autores, a fin de propiciar el mayor aprovechamiento estético y cultural de las lecturas.
Datos del profesor:
Miguel Cossío Woodward es novelista, Premio Internacional Casa de las Américas, y crítico literario. Es Doctor en Letras Modernas y profesor en el Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana desde hace más de quince años.
Para consulta y aclaraciones:
micossio@yahoo.com

jueves, 19 de marzo de 2009

Mi nuevo curso: Últimas tendencias de la literatura latinoamericana

Últimas tendencias de la literatura latinoamericana.
Más allá del realismo mágico.
Lectura y discusión de diez obras significativas en las últimas décadas.
El éxito de la llamada literatura del boom latinoamericano promovió a nivel internacional a grandes escritores como García Márquez, Cortázar, Carpentier y otros que alcanzaron merecida fama a mediados de los años sesenta del siglo veinte. Este auge de la literatura latinoamericana impulsó cierta tendencia a enmarcar también las obras de otros autores de la región dentro del realismo mágico, lo fantástico o la nueva novela histórica Sin embargo, en las últimas décadas numerosos escritores de la América Latina y el Brasil publicaron novelas de rango universal, premiadas y valoradas por la crítica más rigurosa, que no coincidían exactamente con los modelos establecidos en el paradigma del boom.
Frente al éxito editorial de aquellos autores de los sesenta y los setenta, la relativamente insuficiente difusión, la competencia en los mercados de la lectura y otros factores, han limitado la apreciación de un conjunto de obras y autores latinoamericanos y brasileños que exploran actualmente caminos distintos para la expresión literaria.
El objetivo del presente curso es propiciar un acercamiento a las últimas tendencias de la literatura latinoamericana, a la luz de la lectura y la discusión de diez obras significativas publicadas hasta el 2008 por autores de diversos países de la región. Se adjunta el Temario, la relación de obras y autores, así como una breve referencia biobibliografía.
El ritmo y orientación de la lectura será conducido por el Coordinador del curso, Miguel Cossío Woodward. Doctor en Letras Modernas y Profesor en la Universidad Iberoamericana.
Temario del curso
Últimas tendencias de la literatura latinoamericana.
Más allá del realismo mágico
1. Tema: La novela desde la poesía.
Obra: El cuerpo de Giulia-no, México: Editorial Joaquín Mortiz, 1971. Hay reedición por la Editorial Magenta.
Autor: Jorge Eduardo Eielson (Perú, 1924-Milán, 2006). Pintor, poeta, novelista, uno de los más relevantes escritores y artistas peruanos de la segunda mitad del siglo veinte. Su obra se destaca por la pureza de la expresión poética
2. Tema: El pretexto de la novela policiaca para la construcción de la obra de arte literaria.
Obra: Los detectives salvajes, México: Editorial Anagrama, 1999
Autor: Roberto Bolaño (Chile, 1953-Barcelona, 2003). Escritor excepcional, muy prolífico en su relativamente breve existencia. Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 1998, Premio Herralde, póstumo
3.Tema: El palimpsesto y la nueva imaginación de la novela.
Obra: El mundo alucinante, México: Tusquets ediciones, 2003
Autor: Reynaldo Arenas (Cuba, 1943- Nueva York, 1990). Autor maldito y renovador del lenguaje neobarroco. Poeta, dramaturgo y ensayista.
4. Tema: La relación entre la mujer y el hombre, algo de amor y mucho de ser.
Obra: Aprendizaje o el Libro de los placeres, Barcelona: Ediciones Siruela, 1989
Autora: Clarice Lispector (Ucrania-Brasil, 1920. Brasil, 1967). Escritora de fama universal, considerada como la Virginia Woolf latinoamericana..
5. Tema: Historia, ficción, ensayo, recreación e imagen literaria.
Obra: Respiración artificial. México: Tercer Mundo Ediciones, 1980
Autor: Ricardo Piglia (Argentina, 1960). Uno de los escritores más destacados en los últimos años. Crítico literario, ensayista, profesor universitario en Princenton. Autor de una de las novelas más innovadoras de la década de los noventa. Premio Planeta 1997
6. Tema: El juego lúdico entre la realidad y la ficción, la experimentación artística y la incorporación de protocolos apócrifos
Obra: Salón de belleza; Efecto invernadero, y otros relatos en: México: Obra reunida, Editorial Alfaguara, 2005
Autor: Mario Bellatin (México, 1960). Escritor original y arriesgado que intenta crear universos paralelos en desafío de la lógica realista. Finalista del Premio Medicis, Francia, 2000. Premio Xavier Villaurrutia, México, 2000. Premio Mazatlán, México, 2008
7. Tema: La muchacha y el dictador, corrupción prostitución, poder y amor imposible. Belleza y sabiduría en el sur de la literatura.
Obra: Madama Sui, Barcelona: Seix Barral, 1995
Autor: Augusto Roa Bastos (Paraguai, 1917-2005). Autor de obras excepcionales, una de las figuras claves del post-boom latinoamericano. Premio Losada, España, 1959. Premio Memorial de América Latina (Brasil, 1988). Premio Cervantes de Literatura, España, 1989.
8. Tema: El estilo, la fábula, el delirio y la desintegración en el paisaje desolado y mítico de un mundo apasionante.
Obra: La ocasión, Buenos Aires: Alianza Editorial, 1988.
Autor: Juan José Saer (Argentina, 1937 – París, 2005). Narrador riguroso y solitario, de espaldas al boom, considerado uno de los escritores más brillantes de las últimas décadas en cualquier lengua. Premio Nadal, España, 1987
9. Tema: La pasión, el deseo y la obsesión de apresar sexo y belleza en la realidad y la imagen de lo efímero.
Obra: El amor es una droga dura, Barcelona: Seix-Barral, 1999
Autora: Cristina Peri Rossi (Uruguay, 1941). Una de las escritoras contemporáneas más brillantes, su obra ha sido traducida a quince lenguas. Poeta, ensayista, novelista, Beca Guggenheim 1994, traductora de Clarice Lispector, Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe por su poemario "Play Station", 2008
10. Tema: La novela policiaca revisitada a la luz del narcotráfico, el espionaje y la corrupción, donde se confunden el bien y el mal, con tensión, ironía y humor
Obra: El cielo llora por mí, México: Editorial Alfaguara, 2008
Autor: Sergio Ramírez (Nicaragua, 1942). El narrador más destacado de Centroamérica, uno de los más prolíficos y reconocidos a nivel internacional. Premio Dashiel Hammet, España, 1988, Premio Laure Bataillon, Francia, 1989, Premio Alfaguara, 1998.

jueves, 12 de marzo de 2009

Prólogo a "Entre el torrente y el pedregal", novela de Stella Khabié.Rayek

Donde se habla de amor y guerra
Stella Rayek escribe en azul y el libro que el lector tiene en sus manos es opalescente y redondo como el globo en el que ahora viajamos. Sus hojas son piezas de un voluptuoso ajedrez donde la imaginación es la reina y la reflexión un alfil. Ella narra la existencia en un soplo de ideas, y nos hace pensar en los grandes temas de nuestro tiempo, que es el siempre del tiempo. En esta nueva novela perfila de un trazo el mapa del orbe, dividido por las palabras que un mismo Dios pronunció y los hombres oyeron en idiomas distintos. Cuenta la historia de pasión y locura escondida tras velos de tradiciones y creencias que a veces separan, sin razón alguna, a hermanos, amantes, familias y pueblos. Habla de la guerra que disgrega y mata, de la imborrable herida del Holocausto, y de los judíos que perviven en el caos de Irak. Todo lo teje con el hilo de la poesía y la aguja punzante de la realidad, para mostrarnos la impetuosa avenida de la muchedumbre que busca la respuesta imposible a la esencia del ser.
Nos encontramos frente a un texto que, como sábana virgen, se extiende ante nosotros para hacer el amor y reconciliarnos tal vez con el sinsentido del mundo. Aquí nos adentramos en la aventura de quienes recorren las tierras en pugna de la Palestina, o van por las montañas de Turquía, o marchan entre las bombas de Bagdad, bajo el pedregal donde duermen las generaciones perdidas; más allá, en otra parte que es sin embargo el mismo lugar en el que habita la vida y acecha la muerte. Están en estas páginas la casa prometida de Israel y el libro sagrado del Corán, las religiosidades opuestas que se encuentran cuando dos hombres coinciden volando entre nubes de Oriente a Occidente. Con breves pinceladas, Stella Rayek retrata asimismo las migraciones humanas de un lado a otro del planeta cada vez más globalizado, más interrelacionado, conflictivo y pequeño. Aparece en esta obra Ini, la china que huye con su familia de un tsunami y se adapta al movimiento febril de una trepidante ciudad italiana, mientras que, en sentido inverso, una mujer lleva a su nieto adolescente desde San Diego a la capital iraquí, nostalgia de sus raíces.
Entre el torrente y el pedregal es una novela que sutilmente interpreta las causas profundas de los conflictos actuales, fijando la mirada en el microcosmos de lo cotidiano para descubrir las coordenadas del conglomerado social. Todo se explica al observar por una ventana el universo blanco de la Mujer blanca; al escuchar un momento el latir salvaje de quien ama a Raquel ojos azules; o cuando seguimos los pasos del hombre que viene de Smirna tras la Francesca cuyo amor es una esfera negra y un cuervo en la calle del olvido. La historia, ésa que absurdamente se escribe con mayúscula, se encierra en la piedra de un anillo que en el dedo nos quema, y nada hay nuevo bajo el sol, más allá del Bósforo y del cielo, el espacio que inventan Nadia y Omar, los muchos personajes que pueblan esta obra.
En todas partes, sugiere la autora, el ser humano padece idéntica soledad, sufre igual necesidad de comunicarse, lleva en el costado izquierdo la misma llaga de amor insatisfecho. Es preciso que un día redescubra, bajo el pedregal, la pura permanencia, el corazón con que vive y la sangre que nos une como hijos de Adán. Por encima de la crueldad y de la destrucción, nuestra civilización debe renovar la humildad de Ester y el perdón de Ismael; hay que marchar al encuentro de las raíces comunes que nutren el árbol de la verdad y la paz fundamental.
Esta obra huele a azafrán y sabe a pimienta, está hecho en el horno donde se cuece el pan árabe, servido con los frutos de la tierra bendita de los padres nuestros, aderezado con semillas de cardamomo para el café de la tarde. Es, finalmente, un libro construido con la fragante madera de los cedros del Líbano, aquella con la que un día, en devota oración, se edificó el primer Templo de Jerusalén. Una novela de gran madurez literaria con la que Stella Rayek nos invita a buscar, más allá del terror, del dolor y la guerra, la luz que ilumina, el amor que nos salva.

© Miguel Cossío Woodward

domingo, 8 de febrero de 2009

Juan Bosch, cien años de siempre

Juan Bosch, cien años de siempre
El mundo era diferente hace cien años, cuando nació Juan Bosch en La Vega, República Dominicana, el prodigioso escenario por donde empezó el Nuevo Mundo. En 1909, la antigua Quisqueya había atravesado un largo y doloroso proceso histórico de colonización, partición, independencia, subyugación y tiranía que no pudieron impedir Juan Pablo Duarte y los demás fundadores de la nacionalidad dominicana. Muy temprano advirtió el joven Bosch que el mito de Pandora, hecho realidad en su tierra natal, no se reducía a la apertura de todos los Males del universo, en este caso el analfabetismo, el atraso secular, la supeditación al invasor o al caudillo local, sino que en el fondo de aquella mítica caja debía buscar la mariposa azul de la Esperanza. Era necesario elegir entre la aceptación pasiva de la situación o la lucha consecuente por la transformación positiva de la realidad.
Poco antes, Eugenio María de Hostos había fundado la Escuela Normal, impulsando notablemente la educación en el país que siempre consideró como su segunda patria. Todavía vivía Manuel de Jesús Galván, autor del Enriquillo, monumento de la literatura dominicana. Pedro Henríquez Ureña se encontraba en México, donde fue, sin lugar a dudas, una figura central de inspiración para el grupo de jóvenes que con el Ateneo abrirían aquí las rutas de la modernidad. En torno a esa primera década del Veinte nacieron el también dominicano Manuel del Cabral; el puertorriqueño Luis Palés Matos, el haitiano Jacques Roumain, los cubanos Alejo Carpentier y José Lezama Lima, el martiniqués Aimée Cesaire y otros muchos poetas, escritores e intelectuales que iban a colocar al Caribe -frontera de todos los imperios, como lo describió el propio Bosch muchos años después-, en punto de intersección y renovación de la cultura latinoamericana.
Entre ellos iba a figurar este noble caribeño, sólido y frondoso como la ceiba sagrada; rebelde en la acción; audaz en el pensamiento y libre en el arte de imaginar lo imposible posible. Juan Bosch llegó a ser, y es, una de esas ricas y complejas personalidades que se dan en las Antillas, para asombro de quienes sólo ven en las islas la imagen superficial de palmeras y playas; y para legítimo orgullo de sus pobladores, que pueden exhibir, como en pocas regiones, una pléyade de ideólogos, revolucionarios, intelectuales y artistas de rango universal. Fue escritor y político: quiso, como Rimbaud, cambiar la vida; soñó, siguiendo a Marx, con transformar el mundo. Le llamaron Profesor, pero su principal enseñanza no estuvo en las aulas, sino en el inmenso salón de nuestra América. Fue narrador, ensayista, educador, orador, historiador, sociólogo, estadista, hombre de su tiempo y su geografía humana. Se opuso al Chivo, al Trujillo de siniestros entorchados, quien lo persiguió por encarnar a la conciencia verdadera de un pueblo entero. Vivió Bosch veintitrés años en el exilio, pero a todas partes llevó la valija de su patria perfumada, y con el pulso itinerante de su pluma trazó la imagen de estas naciones mestizas de culturas, calderas de utopías. Dejó la inmensa huella de la vida y la obra comprometidas con el destino de este archipiélago de luces y sombras por donde aparece con la aurora el arcoíris.
Largo tiempo residió en Cuba, siguiendo una hermosa tradición que hermana nuestras islas y territorios, de modo que en ellos nunca se es extranjero, ni por el habla, costumbres, tambores, paisajes e ilusiones, que todos somos los mismos, hijos de españoles, de negros, indios y mulatos, finalmente de Adán con algún trago de ron. A Cuba emigraron, desde Santo Domingo, los padres de José María Heredia, el gran poeta romántico del siglo XIX, quien a su vez se exilió y murió en México. Allí alcanzó la gloria militar Máximo Gómez, jefe del Ejército Libertador, otro dominicano, de quien el propio Bosch escribió una biografía. Y en Cuba forjó Bosch muchos de sus cuentos excepcionales, dejando con su obra un modelo de intelectual comprometido no sólo con los temas y problemas sociales, sino también con el rigor y la maestría artística. No le conocí entonces, porque a partir de los años sesenta el Profesor regresó a la República Dominicana y se dedicó en cuerpo y alma a la política. Pero tiempo después, sus Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, publicados en Caracas en 1958, se convirtieron en biblia y fuente de inspiración para mi generación de incipientes escritores, un texto que espero lo siga siendo para todo latinoamericano urgido por la dulce angustia de escribir y que, como Vallejo, lo quiere hacer pero le sale espuma.
La obra literaria de Juan Bosch abarca un amplio espectro de géneros y temas, tales como los estudios y ensayos sociológicos e históricos; las biografías; los escritos políticos y hasta obras teológicas, que lo caracterizan como una de esas personalidades deslumbrantes, enciclopédicas, que sólo parecen darse, en nuestra época, por las tierras americanas. Se le considera el maestro del cuento latinoamericano, especialmente de tema rural; uno de los autores que en el pasado siglo transitaron del realismo y el criollismo –junto a figuras como Rómulo Gallegos y José Eustasio Rivera-, a la prefiguración del realismo mágico, vinculado a los nombres de Miguel Ángel Asturias y Arturo Uslar Pietri. En mi opinión, la cuentística de Bosch desarrolla y enclava certeramente en la realidad caribeña los recursos y mecanismos estilísticos empleados por Horacio Quiroga, cuya red de relaciones podemos extender a Maupassant, Chéjov y a Edgar Allan Poe. Hay en el dominicano una técnica similarmente depurada, una extraordinaria economía de medios y una cuidadosa armazón del artefacto literario, a lo que agrega la particular ambientación del paisaje, las formas específicas del habla popular y una aguda percepción de la tragedia humana y los problemas sociales. La obra narrativa de Bosch ronda aproximadamente las seis decenas de cuentos y dos significativas novelas, representativas de un ejercicio permanente que no ha dejado de ponderar la crítica especializada.
Pero, ¿qué se proponía el autor con esta amplia producción literaria? ¿Cuál era, en última instancia su poética, su visión artística? Lo primero que salta a la vista es que, no obstante todo el trasfondo social, sus cuentos no son panfletarios. El Bosch escritor no es un servil portavoz del político, aunque no hay ruptura epistemológica entre uno y otro, sino armónica complementación. El artista crea su obra desde su cosmovisión, pero lo hace como artista. Creo que ésta es una de las lecciones fundamentales que nos ha dejado Juan Bosch. El hombre comprometido absolutamente con los ideales libertarios y la justicia social supo siempre que la literatura no es propaganda, sino arte; que el cuento no es un manifiesto, sino una manifestación del espíritu. En literatura se puede y se debe hablar de la pobreza, pero no se vale ser pobre de estilo. La narración tiene que penetrar en el sufrimiento humano, pero hasta el dolor debe ser bello e interesante. No hay tema más desgarrador, ni que lastime más la sensibilidad que el abuso, la injusticia, las condiciones infrahumanas en que viven los olvidados de siempre. Y, sin embargo, la literatura no es la simple descripción de una golpiza, por cruel que resulte, sino el golpe abrumador de las palabras sobre el alma y la inteligencia del lector. Toda la obra de Bosch denuncia cuando enuncia; demuestra cuando muestra; fustiga al poderoso, critica el sistema, ataca la inequidad, mientras describe los sentimientos de los humildes, exhibe sus condiciones de vida, recrea el micromundo insertado en la absurda realidad circunstancial. Su técnica es como una placa fotográfica, cuya inversión permite revelar el retrato de la vida entera.
Apoyado en una excelente realización estética, el autor dominicano penetra en las profundidades del ser humano, sometido a lo doble angustia de existir, vagar por la tierra sin saber por qué vinimos, ni hacia dónde vamos, como dijo Darío, y al mismo tiempo ser explotado, vejado y aplastado por otro individuo, por la sociedad. Habría, además, una cadena de filosas espinas, atada al cuello del Otro, es decir el indio, el negro, la mujer, el indefenso. Así lo vio Bosch, por ejemplo, en un cuento brevísimo y terrible que es parte obligada en cualquier antología latinoamericana. Me refiero a “La Mujer”, un texto sobrecogedor en el que una mujer es brutalmente golpeada por su marido debido a que no vendió un poco de leche y prefirió dársela al pequeño hijo de los dos. Este cuento data de 1933 y es uno de los primeros textos que he encontrado en nuestra literatura donde de manera directa se narra, con una excepcional maestría artística, la abnegación y el maltrato físico que sufre una pobre mujer .
“La mancha indeleble” es otro de sus textos paradigmáticos, cargado de matices surrealistas pero de una enorme significación simbólica. Como en un sueño, un hombre entra a una habitación donde hay vitrinas repletas de cabezas. Una voz le dice que entregue él su cabeza y le da instrucciones acerca de cómo quitársela. El hombre reclama. No puede quitarse la cabeza así como así: “… ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar?” No le hace falta, contestan. Aquí no tiene que pensar. De algún modo, el hombre logra escapar y se esconde. Un día escucha un fragmento de conversación en un café, alguien se queja de su huída “después que ya estaba inscrito”. El personaje siente miedo y la historia concluye de este modo: “Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido”. Con sólo esas dos líneas Bosch retrata una dramática situación que podría aplicarse a la época del estalinismo, al fundamentalismo de los talibanes o al discurso dogmático de las dictaduras. En dichos casos, el individuo no necesita la cabeza, no tiene que pensar. Debe renunciar al más preciado don, la libertad; a su verdadera condición de ser pensante, capaz de discernir, recordar, amar, equivocarse, volver a empezar.
“Escribir cuentos –asentó Bosch- es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: el que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad…” Así lo practicó ese hombre de la isla verde que por ese Caribe suyo y esta América nuestra escribió, padeció la errancia del exilio; emprendió con nuevos bríos sus proyectos políticos y sociales; retornó a la trinchera y finalmente partió en medio del reconocimiento continental. Todo él fue congruencia, ejemplo, iluminación.
Hace cien años el mundo era diferente, aunque todavía está abierta la caja de Pandora y desatados, sin freno, persisten los Males. Pero en su fondo de hierro tenemos ahora, junto a la azul mariposa, el brillante legado de Juan Bosch. Hay guerras, injusticias, crisis financiera a escala global, incertidumbres, dolor en los huesos de la armazón humana. Frente a todo eso podemos hoy celebrar, esperanzados y alegres, el centenario de su natalicio, repitiendo unos versos de su gran coterráneo Franklin Mieses Burgos:
“Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada,
Que un hondo río de llanto tendrá que correr siempre
para que no se extinga la sonrisa del mundo…
[..] Bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada:
el furioso merengue que ha sido nuestra historia”
Ciudad de México, a 8 de febrero de 2008

sábado, 16 de agosto de 2008

En la boca del lobo. Sobre una novela de Martha Bátiz

La literatura y la ópera tienen en común el mismo reto de contar, y cantar para el auditorio siempre ajeno de los otros, la misma eterna historia de la pasión humana. Hay, en ambos casos, el drama –no pocas veces melodrama-, el equívoco, el dolor y hasta la risa que nos define en la repetida aventura de vivir en esta extraña dimensión del tiempo, donde todo es fingimiento, ensoñación, letra escarlata y música secreta. Eso lo sabe y en la piedra escribe Martha Bátiz, que por la puerta de la creación ingresa, con Boca de lobo, su primera novela, al escenario de la literatura, a esa otra realidad, acaso más exigente y verdadera, en la que todo es posible y en la imaginación perdura.
He aquí la historia de Damiana Guerra, una cantante de ópera que va a interpretar a la Susana en Las bodas de Fígaro, del divino Mozart, y que mientras en el camerino espera su llamado -en la soledad y la angustia del artista-, responde a ratos un sencillo cuestionario y recuerda el nombre perdido de su infancia, la cruz inconfesable de la familia y el espinoso misterio que aún persiste en las cuerdas más sensibles de su garganta. La novela, hábilmente construida, está llena de sutiles contrastes en los que se reflejan, como en un espejo doble, las caras de los personajes que a su vez interpretan a otros personajes, y éstos tal vez a muchos más, sobre las tablas inventadas por un dios ignoto que la tramoya mueve.
Martha Bátiz ha sabido hilvanar un drama íntimo, de hiriente realismo y profundo contenido humano, sobre la aparente ligereza de una ópera marcada por el enredo y el juego cortesano de otros tiempos. Con un lenguaje sencillo, frecuentemente coloquial, la autora dialoga y rinde homenaje al más grande de los compositores. No es poca cosa escribir e inventar la vida de una intérprete, mientras una orquesta invisible nos recuerda la obertura o algún aria de Mozart. No es usual que una primera novela nos muestre, con tanta claridad, que la literatura y la música -el arte en general-, son las alas translúcidas con la que podemos volar más allá de la miseria y la cárcel terrible del mundo que nos tocó. En Boca de lobo la autora escribe que la cantante escribe, y que cuando canta vive lo que por cierto somos: máscaras múltiples de nosotros mismos.
Damara Guerra, esa soprano que se estrena en Susana, allá en Bellas Artes, al centro de esta ciudad ruidosa, enferma y entrañable; el personaje central de la obra, tiene también otro doble -que es ella misma-, en su hermana Tamara, actiz fracasada y borracha de vida, ansiedad y tragedia. Hay entre las dos un falso contraste, porque no existe mucha diferencia –ésa es la gran verdad- entre quien bebe hasta el fondo el veneno de ser, y quien pretende ignorar el malestar de vivir. Con juicio certero, la novelista no juzga, sino presenta; exhibe, en vez de comentar; cuenta, pero no moraliza; canta todo el tiempo, a sotto voce, lo que Mozart nos dice desde ahí donde siempre estará: somos simples humanos que seguimos buscando el Jardín que perdimos.
No todo está dicho en esta novela, ni en las muchas escritas y que habrán de escribirse. La realidad, dijo el Poeta, supera la fantasía. Pero la realidad es la pura fantasía, y la literatura, la música, el arte, la creación en todos los campos, son las verdaderas expresiones de la condición humana. Esta obra, pequeña en formato, es un ejemplo más, y valioso, de esa capacidad para inventar, trascender los límites de lo cotidiano; para romper con el absurdo de lo ya dado y aceptado; para enfrentar, finalmente, la estrecha circunstancia en que vivimos. Tal es, precisamente, el encanto supremo de las obras de arte, que nos descubren con palabras, en imágenes o con sonidos, la esencia olvidada de la que partimos.
Gracias a Martha Bátiz por meternos en su Boca de Lobo, que no es ciertamente la del lobo embustero de la Caperucita, sino la sala extraña a la que se enfrenta el actor, la cantante, el ser humano que debe representar un papel en el gran teatro del mundo. Ahora sabemos que, tanto en el escenario, como en la platea, y aún más arriba, todos somos parte de la misma obra: unas veces actuamos, otras aplaudimos, y nunca sabemos a cuántas representaciones podremos asistir, ni cómo podremos cambiar los libretos, las letras y las melodías de las canciones. Pero siempre estaremos, como Martha, abiertos y dispuestos a entregarnos a la Boca del lobo.

martes, 1 de julio de 2008

Lewis Carroll y la Corte de Apelaciones de Washington

La realidad supera la fantasía, escribió alguna vez el Poeta. Hoy, leyendo las últimas noticias de CNN, obviamente en la Red, encuentro algo alentador. La Justicia, léase aquí la Corte de Apelaciones en Washington, Estados Unidos, ha dictaminado sobre un caso apoyándose, nada más y nada menos, que en un texto de mi admirado Lewis Carroll, de cuyas obras aprendo constantemente. Transcribo un fragmento de la información noticiosa, que por sí mismo se explica:
“WASHINGTON (CNN, 1st of July, 2008) -- A federal appeals court has slammed the reliability of U.S. government intelligence documents, saying just because officials keep repeating their assertions does not make them true. A three-judge panel from the U.S. Court of Appeals in Washington likened the Bush administration's case to a line in an 1876 nonsense poem by Lewis Carroll: "I have said it thrice: What I tell you three times is true."
Portions of the court's findings were released a week ago, including a ruling that a Chinese Muslim accused of being a foreign fighter was wrongly imprisoned. The full ruling was released Monday. Hazaifa Parhat is being held by the U.S. military at the Guantanamo Bay Naval Base in Cuba. In its ruling, the court ordered that Parhat be released or transferred, or that a hearing be held quickly to determine whether he is being held properly.
The judges criticized the government for offering unsubstantiated evidence, and referred to Carroll's poem,"The Hunting of the Snark," in which the line is uttered by a pompous character called the Bellman.
"The government suggests that several of the assertions in the intelligence documents are reliable because they are made in at least three different documents," wrote Judge Merrick Garland. "We are not persuaded. Lewis Carroll notwithstanding, the fact the government has 'said it thrice' does not make the allegation true. In fact we have no basis for concluding that there are independent sources for the documents' thrice-made assertions."
The court also ruled the military improperly labeled Parhat as an "enemy combatant," marking the first time a Guantanamo Bay detainee has been given an opportunity in a civilian court to seek his release. The decision throws into serious doubt the underlying reasons for keeping Parhat in custody for more than six
The Carroll poem is similar to many of his other works, nonsensical in nature, described by the author as an account of "the impossible voyage of an improbable crew to find an inconceivable creature." Carroll, who lived from 1832 to 1898, is best known for the children's fantasy "Alice's Adventures in Wonderland"…
Como se observa, Carroll sigue vigente. Y esto se debe, en mi opinión, al hecho ineludible de que el gran autor mostró claramente la doble naturaleza del absurdo que vivimos, en primer término porque es pura elucubración de nuestras mentes, y asimismo gracias a la polisemia de la realidad. Hace algunos años, en un breve mensaje a mis alumnos de Letras, escribí algo que parece confirmar la agudeza de la decisión tomada hoy por la Corte de Apelaciones de Washington, también un nonsense en un mundo de locos:
Muy al estilo de Lewis Carroll no comenzaré por hablar de Alicia en el país de las maravillas, sino de Silvia y Bruno, un libro al que nuestro autor dedicó los últimos veinte años de su vida y cuya sustancia artística procede íntegramente del mundo inasible de los sueños. Pero tampoco hablaré exactamente de Silvia y Bruno, que sigue siendo un casi inaccesible texto de culto. Ni voy a presentar aquí algunas brillantes ideas propias, surgidas de una profunda reflexión de mi magín. Voy, sencillamente, a citar las palabras del mismo Lewis Carroll quien, al explicar la teoría que estaba detrás de su relato, escribió lo siguiente:
“... Es un intento de visualizar lo que podría pasar, suponiendo que realmente existieran las hadas, y que fueran visibles para nosotros de cuando en cuando, y nosotros para ellas, y que de cuando en cuando pudieran asumir la forma humana, y suponiendo también que los seres humanos pudieran a veces tener conciencia de lo que ocurre en el mundo de las Hadas por medio de una transferencia de hecho de su esencia inmaterial, como las que encontramos en el ‘Budismo Esotérico’.
He partido del supuesto de que un ser humano es capaz de participar de varios estados psíquicos, con diversos niveles de conciencia, como los siguientes:
a) El estado ordinario, en el que no existe ninguna conciencia de la presencia de las Hadas
b) El estado ‘extraño’, en el cual, aún siendo consciente de nuestro entorno real, existe también la consciencia de la presencia de Hadas.
c) Una forma de trance, en la cual, aún faltando la consciencia del entorno real y estando aparentemente sumido en el sueño, el hombre (es decir, su esencia inmaterial) emigra a otros territorios, del mundo real o del mundo de las Hadas, siendo consciente de la presencia de éstas.....” (Carroll, Lewis, “Prefacio”, en: Silvia y Bruno, Madrid: Ediciones Felmar, 1975, UIA 4611 S9 v.2)
Tras la cita anterior, creo que a los fines de esta ponencia lo mejor sería atenernos a las instrucciones del Rey en el tribunal de justicia. ¿Recuerdan?:
“El Conejo Blanco se caló los anteojos.
- Con la venia de Su Majestad –preguntó- ¿por donde empiezo?
- Comienza por el comienzo –dijo, muy gravemente, el Rey- y sigue hasta que llegues al final; entonces, paras” (Carroll, Lewis, Alicia en el país de las maravillas, Barcelona: Plaza & Janés Editores, S.A., 1988)
Empecemos, pues, por el principio, aunque no estoy muy seguro de dónde está el final, ni de cuándo parar. En nuestras clases de Hermenéutica hemos descubierto todos que hay, cierta e inobjetablemente, hadas y hasta hadas bizcas. Carroll nos propuso hace más de cien años: que las Hadas existen -incluyendo las bizcas, que ni siquiera imaginó Walt Disney., porque son posibles. Desde el punto de vista de la literatura, esto es fundamental. Para nosotros, como creadores de textos literarios o como lectores y recreadores de dichos textos, lo importante no es que las Hadas (es decir, las fantasías) sean o no sean construcciones lógicas de nuestras mentes. Ellas son reales, viven, las inventemos o no, porque podemos imaginarlas.
En Alicia en el país de las maravillas, Carroll se empeña, una y otra vez, en deconstruir las nociones vigentes, señalándonos la posibilidad de que las cosas, la vida, el mundo, los sueños, nosotros mismos, tengamos una interpretación diferente. Cito, al azar:
“La Oruga y Alicia se miraron un rato en silencio. Al fin, la Oruga se quitó el narguile de la boca y se dirigió a Alicia, con voz lánguida y soñolienta:
- ¿Quién eres Tú?”
No era una pregunta alentadora para iniciar una conversación. Alicia, un poco intimidada, contestó:
- Pues, yo... yo, ahora mismo, señora, ni lo sé... Sí sé quién era cuando esta mañana me levanté, pero ha debido de cambiar varias veces desde entonces” (Carroll, Lewis, edic., cit., página 57)”
No sabemos quiénes somos en cada momento, ni podemos determinar quiénes son o no son en cada momento. Todo es real y es posible al mismo tiempo, y la función de la literatura es romper constantemente esa barrera absurda entre la imaginación y la realidad. No seríamos humanos, dicho sea simplemente, sin imaginación. Sin hadas bizcas, aunque ellas no hayan sido retratadas por Miguel Ángel, o no aparezcan en los filmes de Stanley Kubrick. Las hadas bizcas, trigueñas, rubias, cojas o aladas, son las mismas Hadas de Carroll, de las que tenemos o no tenemos conciencia en nuestras vidas cotidianas, pero cuya magia nos desborda y nos demuestra que, más allá de nosotros mismos, el mundo está lleno de Conejos Blancos, de Falsas Tortugas y de Reinas de Corazones.
Los estudiantes y los maestros de Letras, los amigos de la literatura, y los sencillos y eternos entusiastas de la imaginación, tenemos una gran deuda con aquel estricto profesor de matemáticas que en la vida real se llamó Charles Lutwidge Dodgson, un hombre que se atrevió a pensar en las Hadas, en nuestras hadas bizcas, en el mundo absurdo y unilateral que pretendió ofrecernos la Inglaterra victoriana y nos endilga ahora el ambiguo mensaje del posmodernismo.
Carroll nos demostró que debemos reírnos, e incluso burlarnos de todo esto. El mundo es más absurdo de lo que esperábamos: podemos despeñarnos en la economía de mercado; estamos sometidos a los valores miserables de la vida diaria, donde tener es más que ser; pero nunca, nunca, aceptaremos que no hay respuestas, ni esperanzas posibles. Alicia siempre encuentra la ruta de regreso. Así, el mundo, para Alicia, volvería a ser de la siguiente forma:
“Sentada, con los ojos cerrados, la muchacha creía en el País de las Maravillas, aunque supiera que con sólo abrir de nuevo los ojos, todo recobraría su insípida realidad...” (Carroll, 132)

martes, 3 de junio de 2008

Más sobre Clarice Lispector

Nada más hermoso que el regalo de un libro, ese objeto deslumbrante que nos llega desde un país lejano, enviado por la mano amiga que durante años lo armó y escribió con paciencia, rigor y amor infinitos, y que ahora nos sorprende en alas de la mensajería internacional. Así recibí "Clarice Fotobiografia" (São Paulo: edusp, Editora da Universidade de São Paulo, 2008), de Nádia Batella Gotlib, un texto prácticamente definitivo para completar el estudio de la vida de Clarice Lispector, la gran escritora brasileña. “Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad…”, escribió Clarice en Felicidad Clandestina, ese cuento sencillo en el que describe magistralmente la dicha que despierta el libro presentido y ansiado con el que se hace clandestinamente el amor.
"Clarice Fotobiografia" es una obra bellísima, impresa con gran cuidado y calidad tipográfica, a colores, en cuyas 652 páginas se sigue, paso a paso, la historia y las circunstancias de una mujer que dejó una huella excepcional en la literatura iberoamericana. Como explica Batella Gotlib en sus palabras iniciales, éste fue para ella un proyecto antiguo, que se remonta a los años noventa del siglo pasado y que se ha nutrido de numerosas fuentes, entre ellas el acervo fotográfico de Clarice depositado en la Fundação Casa de Rui Barbosa, con casi setecientas imágenes, así como de los más de dos mil documentos que integran el Arquivo Clarice Lispector, donado por su hijo Paulo Gurgel Valente. A todo esto se suman las investigaciones puntuales y exhaustivas que durante casi dos décadas ha hecho directamente la propia Nádia, y los cientos de documentos, testimonios y fotos que pusieron a su disposición numerosas personas, artistas, poetas, amistades y admiradores que tuvieron la oportunidad de conocer a la escritora, en diversos sitios y momentos.
Libro indispensable, precioso regalo de Nádia, cuya "Clarice Uma vida que se conta" (São Paulo: Editora Ática, S.A., 1995) estudié con provecho y admiración cuando escribía mi ensayo "De Clarice", que sirvió de prólogo a "Cuentos Reunidos, Clarice Lispector" (México: Alfaguara, 2001). Aquella biografía fue el preludio de esta Fotobiografia, enriquecida con el recorrido personal de Nádia por los lugares donde vivió y estuvo Clarice, desde su nacimiento en Ucrania, hasta su desaparición en Rio de Janeiro. Fue mi amiga a Italia, Suiza, Inglaterra, Estados Unidos, y por supuesto a las diversas ciudades que habitó la autora en Brasil. Estuvo en la remota Tchechelnik, donde la familia judía Lispector, que huía hacia América, se detuvo en 1920 para el nacimiento de Clarice, en medio de la violencia, el hambre, la guerra civil y el desasosiego desatados por la revolución bolchevique. Allí encontró Batella Gotlib un valiosísimo material gráfico y documental, imprescindibles para el conocimiento de la procedencia y el destino de su biografiada. Al verlo, no puedo dejar de pensar que fue en aquella época tormentosa cuando -acaso por una de esas misteriosas casualidades de la historia-, otro judío, Isaak Bábel, estaba enrolado en el Primer Ejército de Caballería y, a lomos de caballo, escribía los primeros borradores del "Diario de 1920", más tarde fuente de su famosísima "Caballería roja", joya de la literatura universal. ¿Qué une y separa a dos escritores de origen similar, tan extraordinarios y dispares, coincidentes por un instante en el ojo del huracán?, me pregunto al contemplar la imagen de una tropa de cosacos que, en el difícil camino del éxodo, le roban a los Lispector los pocos bienes que llevaban.
La familia llegó a Maceió (Alagoas) en 1922, y más tarde se trasladó a Recife, de modo que Clarice pudo afirmar, con cierto orgullo, que ella era nordestina, de esa región que describe crudamente Graciliano Ramos en "Vidas secas" y de la que luego procede, ausente de cualidades, la Macabea que la escritora retrató en "La hora de la estrella". Nádia sigue paso a paso la infancia y adolescencia de su biografiada, hasta en el barco que la trasladó a Rio de Janeiro en 1935, deteniéndose asimismo en los pequeños detalles que pudieron contribuir a la formación temprana de su vocación artística. Así, además de la referencia obligada a los libros para niños de Monteiro Lobato, entre otros, aparece la reproducción de la portada de "O lobo da estépe", de Hermann Hesse, publicada en Sao Paulo en 1935, y que cayó en manos de la quinceañera Clarice, en una lectura que probablemente influyó en el descubrimiento de la ruta interior que recorrería después. La incorporación de estos y otros muchos datos, aparentemente circunstanciales, pero bien seleccionados y oportunamente insertados, y que abarcan el ciclo de los 57 años que vivió la Lispector, son los que hacen de esta obra más que una biografía en el sentido tradicional, un testimonio vivo del tránsito de un ser humano que intentó descifrar, con la palabra, las ansias y el suspiro de un corazón salvaje.
Con el primer dinero que ganó por su trabajo, apunta Nádia, compró Clarice la edición brasileña de "Felicidade", de la neozelandesa Katherine Mansfield: “Mas essa sou eu”, exclamó al leer aquella obra, y publicó su primer cuento en la revista Pan, mayo de 1940, como ahora se nos muestra, rojo sobre sepia, el tiempo congelado en el comienzo de una brillante carrera literaria. Con esa doble, triple mirada hacia la realidad, el contexto y la interioridad de la escritora, la Fotobiografía…de Nádia Batella Gotlib sigue puntualmente el rastro vital de una escritora extraordinaria, así como la repercusión internacional de su obra. Pero hace algo más: penetra en el mundo íntimo de la Lispector, donde habitan su familia, amigos, esposo, hijos, relaciones, preferencias literarias, pinturas, viajes, mapas del pensamiento y la geografía, historías, cronologías y atisbos de la compleja red de sentimientos que plasmó en sus escritos.
En la sobrecubierta y al interior del libro aparecen fotos con el rostro fascinante de Clarice. Ahí están sus ojos, ventanas de un misterio existencial que embruja y reta la imaginación, fuera del tiempo, en una permanente interrogación. Desde estas páginas nos mira para siempre, arcana y cautivante en el silencio de su agua viva. Como dice Carlos Drummond de Andrade en su poema "Visão de Clarice": “Fascinava-nos, apenas, / Deixamos para comprendé-la mais tarde,/ Mais tarde, um dia… saberemos amar Clarice”.
Gracias a Nádia Batella Gotlib hoy sabemos amar mejor a Clarice Lispector.

©Miguel Cossío Woodward, mayo de 2008

sábado, 29 de marzo de 2008

Los Dialogos de Amor, de León Hebreo

No se puede desear y amar al mismo tiempo, le dice Sofía a Filón en el primer diálogo de esta obra que, a pesar de haberse publicado por primera vez en 1535, sigue teniendo una sorprendente frescura intelectual. El deseo, argumenta Sofía, se da cuando no se posee el objeto ansiado, mientras que el amor consiste en la posesión de dicho objeto. El deseo precede al amor y desaparece una vez que se logra la cosa deseada. El amor nace del mismo objeto amado, mientras que el deseo es el afán de adquirirlo. Desear y amar serían, pues, términos contradictorios, algo que Filón cuestiona, señalando que el conocimiento es anterior al deseo y que no se puede desear -por lo tanto amar- aquello que desconocemos.
La discusión, que sigue el modelo de los diálogos platónicos, es fascinante, porque el lector sopesa uno y otro argumento, poniéndolo en relación con su propia experiencia personal. Todos somos producto y padecemos la sed infinita del deseo. Y todos pensamos que la realización plena del amor consiste en la posesión, tal vez sería mejor decir la identificación, con el objeto amado. La pregunta flota en la mente, ¿acaso no podemos desear lo que ni siquiera sabemos que existe, la persona que no conocemos y quizás nunca encontraremos? Y, de llegar a conocerla y encontrarla, una vez que la tengamos en el sentido noble de la palabra, ¿dejaríamos de desearla?, ¿dejaríamos más tarde de amarla para ceder al impulso de un nuevo deseo?
Filón, apoyándose en Aristóteles, apunta que hay diferentes clases de cosas deseadas, por ejemplo las útiles y las deleitables. El deseo por las cosas útiles termina cuando éstas cumplen su función utilitaria, mientras que el de las deleitables permanece, ya que el deleite que proporcionan no se agota, sino que puede demandar su constante reiteración. De ahí que lleguen a coexistir el deseo (por lo deleitable) y el amor (en la posesión), un ideal que en mi opinión en muy escasas ocasiones se realiza, pero por el que valdría la pena atravesar las puertas del infierno.
León Hebreo nació en Lisboa hacia 1460 ó 1470, no se sabe con exactitud. Cinco siglos y medio después, mientras escribo una novela que, entre otras cosas, trata sobre el viejo tema del amor, encuentro en estos Diálogos… la aguda interrogación sobre la dulce angustia que define al ser humano.

miércoles, 26 de marzo de 2008

La prosa del azúcar

La prosa de azúcar
Por Alejandro Hermosilla Sánchez
Revista El Coloquio de los Perros,
Murcia, España, Primavera 2008

Risueño, bondadoso, pausado y con la cordialidad y amabilidad propia de los cubanos, Miguel Cossío Woodward se presentó ante nosotros con la misma naturalidad y sencillez por la que se desliza su prosa en las pocas pero excelentes novelas que ha publicado hasta el momento. Huyendo —por motivos estéticos— del recuerdo del libro, Sacchario, que le concediera el reconocimiento unánime de la crítica, pero siempre vinculado, de una u otra manera, al recuerdo de su isla natal y a las experiencias que le forjaron como hombre, confesar que fue un placer entrevistarlo meses antes de que termine su nuevo libro y su lírica y evanescente prosa inunde con su belleza las retinas de muchos de sus lectores.
Como la mayoría de los grandes hombres y escritores —palabras de Roberto Bolaño— Cossío es un hombre bueno que, a pesar del paso de los años, no ha perdido la sonrisa y la mirada inocente del niño que tan sólo necesita una buena compañía o diálogo para resucitar el sonido del mar de fondo de su infancia. Ese mismo mar que un día lo observara de refilón derribando a gigantes confundidos en toneles de vino entre las paredes de una biblioteca o viajando a los confines de la tierra enredándose con estrellas de mar.

—ECP: ¿Cómo llegaste a pensar en dedicarte a escribir?
—MC: Realmente, no recuerdo un momento especial. Yo siempre supe que iba a ser escritor y no hay un momento particular que pueda señalar a este respecto. Creo que, para mí, fue como una vocación innata. Era tan claro como saber que iba a crecer o iba a ir a la escuela. Desde muy niño percibí con claridad que siempre iba a tener a la literatura como mi vocación principal.
—ECP: Sin embargo, supongo que habría una serie de libros que te marcaron.
—MC: Llega un momento en que resulta un poco feo hablar de todas las obras y aspectos de la vida que a uno le han influido. Pero recuerdo que desde muy pequeño leía todo lo que caía en mis manos y, por supuesto, los libros de hadas y todo este tipo de lecturas que forman parte de la infancia. Sin embargo, mi primera lectura seria fue El Quijote y tengo que confesarte que no entendí nada. Tendría yo 8 ó 9 años, fui a la Biblioteca Nacional de Cuba, que estaba ubicada en uno de los castillos que se habían hecho en la época colonial y se encontraba cerca de casa. Había escuchado hablar de Cervantes y un día pedí El Quijote; las empleadas se quedaron sorprendidas. Lo leí sin comprender casi nada y sólo mucho tiempo después lo recuperé y lo releí varias veces [...] De todas maneras, si tuviera que decirte algún autor que me marcó por aquellos años este fue, sin duda, Julio Verne. Leí todo Julio Verne, al que encontré maravilloso. De hecho, lo primero que escribí con 9 ó 10 años fue, prácticamente, un plagio de La vuelta al mundo en ochenta días. En concreto, aquel pasaje en el que Phileas Phogg va caminando hacia el club donde se va a realizar la apuesta. Tenía yo una pluma de tinta verde y con aquella pluma empecé a escribir algo sobre alguien que caminaba de la misma manera que Phileas Fogg. Ya cuando era adolescente vinieron los grandes nombres como Herman Hesse o Thomas Mann.
—ECP: Por tu edad generacional supongo que debiste conocer a algunos de los más importantes escritores cubanos. ¿A cuáles?
—MC: Bueno, yo no me encontraba dentro de ningún círculo de escritores conocidos, porque mi infancia fue muy difícil. En mi familia éramos muy pobres. Por decirlo con claridad, nos encontrábamos en una situación de pobreza extrema. Por ello, mis lecturas y mis contactos fueron muy autodidactas durante mucho tiempo. Sólo más tarde me relacioné con escritores mayores como el poeta Eliseo Diego así como con escritores de mi generación. Pero de los grandes escritores recuerdo, sobre todo, mis pláticas con Nicolás Guillén. También conocí —pero, en este caso, de lejos, pues él era demasiado importante para mi edad— a Alejo Carpentier.
—ECP: Por cierto, al parecer, antes de dedicarte a escribir, fuiste profesor ayudante de una Cátedra de Economía en Cuba. ¿Me puedes explicar esto?
—MC: Sí. Curiosamente, debido a esa circunstancia de dificultad económica que me persiguió durante muchísimo tiempo, no pude hacer estudios regulares porque tuve que dedicarme a trabajar y demás asuntos. De todas maneras, me inscribí en un curso de nivelación preuniversitaria que me permitió entrar en la universidad y decidí apuntarme a la carrera de Licenciatura en Economía, lo que es uno de mis pecados. Me llamaba la atención la economía global, la visión del mundo que ésta otorgaba. Comencé a estudiar en la Universidad de la Habana esta materia y, finalmente, llegué a ser profesor ayudante de esta Cátedra sin, por otra parte, saber prácticamente nada..
—ECP: ¿Cómo llegas entonces a escribir Sacchario?
—MC: Tiene mucho que ver con la llegada de la Revolución Cubana, que fue una revolución para los jóvenes y gran parte de la población y supuso un momento de ilusión, de cambio utópico que, más tarde, comprobamos que no se realizó. En sus momentos iniciales, la Revolución representó un estado de crecimiento en todos los sentidos y había que colaborar con ella. Por ello, yo, como miles y miles de jóvenes, me fui a cortar caña de azúcar durante meses en los campos de Cuba. Esa tarea es increíblemente agotadora y no sé cómo pude soportarla. Pero, fíjate, mientras cortaba caña aprovechaba los descansos para leer a Joyce, lo que es algo, como verás, curioso. Así, fui poco a poco escribiendo cuartillas y, más tarde, quise recorrer toda esta experiencia en este libro cuyo nombre deriva del término científico de la caña de azúcar [...] Tomé ese nombre para el libro y escribí esa novela que creo que no es tampoco un modelo de alta envergadura literaria. No me siento excesivamente orgulloso de ello y, sin embargo, fue premiado. Gané el premio Casa de las Américas con ese primer bodrio.
—ECP: Bueno, yo no estoy de acuerdo en esto. A mí me parece un libro bastante bueno y respetable. Además, tu manera de combinar un estilo grácil y sencillo con diversos pensamientos y ritmos caóticos me pareció, verdaderamente, ejemplar.
—MC: De todas maneras, espero haber mejorado bastante después de este libro. Ja, ja, ja.
—ECP: ¿Y la metáfora del hombre del otro mundo que aparece en el libro?
—MC: Yo escribí el libro de una manera muy caótica. Trabajaba como economista en Cuba y tenía mucho trabajo. Terminaba mi jornada a las 9 ó a las 10 de la noche, llegaba a casa, dormía un par de horas y escribía como de la 1 de la madrugada a las 5. Escribí esa novela en tres meses pero, como te digo, de madrugada. Un poco como sugería Faulkner, con la paga del soldado.
—ECP: Sin embargo, aunque no estés de acuerdo conmigo, te puedo afirmar que la prosa está excelentemente pulida y hay matices muy cuidados como el no mencionar a Castro y casi no referirse a Batista.
—MC: Creo que esto se debe al hecho de que el libro narra la experiencia del trabajo agrícola desde dentro. No me interesaba introducir un discurso político en el libro.
—ECP: Por tanto, el personaje de Darío eres tú básicamente.
—MC: Sí, en ese sentido, sí.
—ECP: Hay un aspecto en tus novelas que también me interesa mucho: cómo afrontan tus personajes el amor.
—MC: Sí. Es una idea del amor como un proceso de pentimento, es decir, de pintura sobre pintura. Es un proceso en el que uno padece rupturas y empieza a mover cosas de sí mismo y, cada vez es más profundo, porque se nutre de la anterior experiencia hasta dejarse la piel en el intento, como hacen algunos animales, hasta aparecer casi desnudo y lleno de todo.
—ECP: ¿Y qué supuso el premio para ti?
—MC: En primer lugar, me dio a conocer en el medio literario, puesto que yo, como economista, no formaba parte de este mundo. Me dio a conocer y me vinculó a este mundo que era el mío y con el cual no estaba, hasta entonces, relacionado. Me confirmó lo que era mi vocación de siempre.
—ECP: ¿Y cómo y por qué tardaste tanto tiempo para escribir Brumario?
—MC: Realmente, esto es un problema muy serio, pues cuando terminé esta primera novela percibí que la literatura era un oficio que requería mucho rigor y trabajo y que no consistía en escribir a ratos como hasta entonces hacía. Por ello, me propuse escribir Brumario, que lleva el nombre del segundo mes de la Revolución Francesa, con el fin de aprender este arte. Lo que quiere decir es que estuve diez años escribiendo esta novela de una manera muy crítica y rigurosa. Los amigos me decían que por qué le daba tanta importancia a una u otra palabra cuando los lectores iban a pasar por encima de las mismas, pero para mí escribir este libro suponía la búsqueda de la palabra exacta, tal y como diría Flaubert. Trabajé mucho, mucho en este libro y, sinceramente, te diría que todavía no me siento satisfecho con el mismo, aunque creo que es mejor que el anterior. Usé técnicas diferentes. Trabajé con la segunda persona, decidí escribir sobre un tema muy duro como la crisis de los cohetes en Cuba en el año 1962 y, finalmente, se llevó al cine con el nombre de Tiempo de amar. Ahí trabajé con Enrique Pineda en el guión y aprendí a hacer guiones.
—ECP: ¿Y te gustó la película?
—MC: Si te he de ser sincero, no.
—ECP: Hay otro aspecto que me sorprende bastante de este libro. Además de la referencia clásica a Hiroshima mon amour de Resnais, el referente Hiroshima está muy, muy presente por toda la narración. Realmente, en la realidad cubana del 62, ¿esto era así?
—MC: No tanto. Yo leí mucho por aquellos tiempos acerca de lo que significaba una explosión atómica e Hiroshima me sirvió como referente para describir lo que sentíamos en aquellos tiempos.
—ECP: ¿Y el tío entrañable del protagonista de la novela era tu tío en la realidad?
—MC: Sí. Es una de las personas que más he querido en mi vida. Era muy místico y creo que fue siempre un modelo de hombre que sentía la literatura y lo conjugaba con un riquísimo mundo espiritual.
—ECP: Y este último aspecto, de una manera u otra, también se siente en tu obra, ¿no crees?
—MC: Sí. Siempre me han interesado los temas esotéricos. Yo tuve una formación religiosa católica muy fuerte que me llevó, posteriormente, a vivir una crisis de fe respecto a la misma y me apartó, definitivamente, de la religión. Sin embargo, siempre tuve una inquietud por los temas espirituales y esotéricos que me llevaron a leer a Alain Kardec y a Blavatsky, entre otros muchos, de tal manera que fueron integrándose en una visión trascendental del ser humano que, más tarde, he recuperado de nuevo con la religión católica pero también con muchos amigos judíos y con el misterio, por ejemplo, de la Kaballa. Creo que esto es esencial porque un escritor, en suma, no puede carecer de una visión trascendente de la existencia dado que el arte y la literatura trascienden. Uno busca la belleza, pero la belleza es también efímera y uno ha de pensar que debe haber algo detrás. Yo no diría que Dios es así o de otra manera. pero afirmaría que hay un misterio.
—ECP: ¿Y qué me puedes decir de Oasis?
—MC: Oasis es una novela corta. Como verás, por mi faceta de economista en aquella en Cuba debía estudiar mucho a Marx, hasta tal punto que casi me aprendí buena parte de su obra de memoria. Lo cierto es que siempre he querido desmitificar a Marx, porque era un dogma en aquellos tiempos. Bien. Entre muchos libros que leí de Marx, se encontraban sus cartas me encontré una que le escribíó a un amigo tras ir a Hamburgo para entregar los originales del primer tomo de El capital. Marx se hospedó en casa de su amigo y estaba feliz porque había terminado el primer tomo de El Capital. En fin, él regresa a Inglaterra en barco y, de repente, se encuentra con una muchacha. Él es un hombre de unos 50 años y la mujer debe tener unos 20. Y en una carta le comenta a su amigo de Hamburgo, en cuatro o cinco renglones, que la muchacha era alemana, no hablaba inglés y que le pidió auxilio para encontrar una estación de tren y poder ir en dirección a un castillo. Lo que me sorprendió a mí y creo que a Marx es que la muchacha era sobrina de Bismarck. Y es de esas cuatro líneas, de ese episodio del encuentro entre el sabio, el hombre mayor y maduro y la muchacha; entre el comunista y la blanquinegra muchacha aristócrata, de donde extraigo el material de la novela. Fue un oasis en la vida de Marx. Toda la historia está centrada en ese encuentro. ¿Qué hicieron esas dos personas en ese encuentro, de qué hablaron?
—ECP: Según parece, toda tu familia es mexicana, pero la cuestión es ¿cómo llegaste a radicarte aquí?
—MC: Sí, efectivamente, toda mi familia es de México. Sucedió primero que en Cuba me ofrecieron la posibilidad de venir a México para trabajar en la embajada cubana como consejero cultural, lo que me permitió relacionarme todavía más con muchos personajes de la cultura tanto mexicanos como cubanos. Llegó un momento en que terminó mi función aquí pero, sin embargo, yo tenía una posición muy definida en contra del régimen castrista y, finalmente, decidí quedarme en este país que, al fin y al cabo, era el país de mis ancestros, lo que no fue muy bien visto por las autoridades cubanas, pero no me importó.
—ECP: ¿Y me podrías indicar el por qué habiendo una buena cantidad de escritores y artistas en la República Dominicana no son ni tan importantes ni tan numerosos como los cubanos?
—MC: Creo que esto se debe al hecho de que Cuba es la isla más grande de habla hispana en el Caribe y, asimismo, tiene una población más grande que la República Dominicana. Además, Cuba ha tenido la suerte de poseer en el siglo XIX figuras muy notables que han ido creando todo un mundo cultural que permitió la aparición de grandes nombres de la literatura cubana. Hay buenos escritores y poetas en la República Dominicana, pero tal vez tu pregunta se relacione con un problema de tamaño y tradición, algo que tampoco creo definitivo. .
—ECP: Y en México, ¿cuáles fueron los escritores que más te impactaron?
—MC: Cuando estaba escribiendo Brumario, leí mucho a Carlos Fuentes que en Aura, por ejemplo, utilizaba el recurso de la segunda persona. Luego, leí muchos escritores, ensayistas y poetas mexicanos pero, en realidad, yo creo que, finalmente, uno se enriquece con todas las fuentes.
—ECP: Te voy preguntando por algunos escritores, ¿qué opinas, por ejemplo, de Jorge Edwards?
—MC: Es un buen escritor, aunque no me entusiasma demasiado. Chile tiene una literatura tan grandiosa que supera con mucho la obra de Edwards.
—ECP: ¿Pitol?
—MC: Me gusta. Tiene algunas novelas realmente interesantes. Creo que es un gran escritor.
—ECP: ¿Monsivais?
—MC: Monsivais es un escritor más bien costumbrista. Su terreno es lo popular. Tiene mucho genio así como capacidad irónica, pero se queda en este ámbito. No se le puede catalogar como novelista.
—ECP: Y en algún momento de tu obra hablas de Bola de Nieve, que a mí me gusta mucho. ¿Lo llegaste a ver en directo en alguna ocasión?
—MC: Sí. Era muy amable y dispuesto. Tocaba en un restaurante al que yo iba con mi novia de entonces. Le pedíamos que tocara y cantara y él no lo dudaba. Recuerdo alguna excelente interpretación de La flor de la canela. Era un tipo muy simpático y agradable.
—ECP: ¿Y hasta qué punto la influencia de Lezama Lima ha sido negativa o positiva, según tu opinión, para el resto de escritores cubanos?
—MC: Efectivamente, hay influencia lezamiana en Cuba así como en muchos otros lugares, pero considero que, por suerte, nos hemos salvado un poco de un influjo omnipresente de Lezama porque creo que aquellos que tratan de imitarlo fracasan. Lezama es en sí mismo su propio modelo y punto. No hay posibilidad de comparaciones.
—ECP: ¿Y llegaste a conocer a Cabrera Infante?
—MC: No lo conocí personalmente. Lo vi en alguna ocasión en Cuba cuando estaba a punto de abandonar la isla, pero no tuve contacto personal. De todas maneras, conozco bien su obra.
—ECP: ¿Y cuál es para ti su mejor libro?
—MC: Creo que La Habana para un infante difunto.
—ECP: Y para ti, ¿cuál es el cineasta emblema de Cuba?
—MC: Lo cierto es que hace ya muchos años que no veo cine cubano, pero te citaría, sobre todo, las obras de Tomás Gutiérrez Alea, que es el gran cineasta de los años 60 y nuestro tiempo. Su obra es imprescindible.
—ECP: Asimismo, creo que en 2002 realizaste una edición de los cuentos de Clarice Lispector. ¿Qué me podrías indicar sobre ella?
—MC: En verdad, yo creo que en México no estaba suficientemente valorada hasta hace mucho. Lo que ocurrió fue que comencé a conocer su obra y me fascinó. Me metí muy a fondo en la misma. Conozco toda su obra y biografía y creo que es una mujer incomparable en todo lo que es el continente hispanoamericano.
—ECP: ¿Cuáles dirías que son sus mayores logros?
—MC: Sus cuentos. Pienso que en el conjunto de sus cuentos es donde se encuentra lo mejor de su obra.
—ECP: ¿Y qué me puedes indicar sobre Eliseo Alberto Diego y su Esther en alguna parte?
—MC: Lichi es, ante todo, mi amigo. Él es el hijo de Eliseo Diego, que fue también mi gran amigo. Lichi es un escritor que comenzó con la poesía y, más tarde, realizó brillantemente sus primeras novelas. Pienso que en este libro alcanza una madurez literaria bastante importante.
—ECP: ¿Y sobre Julieta Campos y La forza del destino?
—MC: A Julieta la conocí y es muy curiosa su historia. porque ella salió de Cuba muy pronto para dirigirse a París y de allí fue a México y se casó con un mexicano. Sin embargo, su amor por Cuba siempre fue algo permanente para ella [...] Sucede que la editorial Alfaguara me envió una vez para que dictaminara el manuscrito de La forza del destino y yo me quedé maravillado. Creo que en Cuba no hay prácticamente una obra como ésta, que se encuentra incluso al nivel de Lezama. Es una obra brillante y, por supuesto, hice un dictamen muy favorable sobre ella. Más tarde, Julieta me habló, me agradeció y pude comer con ella, conocerla más. Tuvimos una breve —pues estaba en la etapa final de su vida— pero bonita amistad.
—ECP: ¿Y me puedes, finalmente, hablar de este último libro que te encuentras actualmente escribiendo?
—MC: Lo cierto es que yo nunca he dejado de escribir. En mi adolescencia y en mi juventud escribí poemas malos y luego realicé algunos cuentos también malos y a partir de Brumario hice de la literatura un trabajo con mucha dedicación pues, como te dije, estuve mucho tiempo escribiendo este libro. Sin embargo, Oasis la escribí en tan sólo dos meses puesto que ya tenía la pluma suelta. Más tarde, hice mucho periodismo y también crítica literaria, que es algo en lo que me he mantenido activo durante mucho tiempo, puesto que creo que es un ejercicio de comunicación y en el que uno manifiesta también su capacidad de escribir. Por tanto, desde que escribí Oasis hace muchísimos años, tenía la idea de realizar una novela alrededor de Marx pero, de nuevo, con la intención de desmitificar al personaje [...] Los estudiosos de Marx hablan del Marx joven y del Marx maduro, y contraponen a ambos. Por tanto, decidí escribir esta novela que, originalmente, se llamaba Amanecer —ahora tiene otro nombre— porque se centra en el momento en que Marx, a los 25 años, se casa con una aristócrata, Jennifer von Westphalen, y le ofrecen un trabajo en París en 1844 como redactor de una revista. Él es un joven radical pero todavía no es un comunista. Llega a París y se encuentra con el movimiento de lo que él llamó socialismo utópico —pensadores como Fourier o Saint-Simon, que están planteando la idea del socialismo— que él todavía no había manejado hasta ese momento. A su vez, se encuentra con anarquistas como Bakunin y Proudhom, que también están planteando ideas revolucionarias, con el movimiento obrero que él no había percibido hasta entonces en Alemania, con los grandes autores de la economía clásica inglesa y, a su vez, con el mundo romántico de París donde están el poeta Heinrich Heine, que es su amigo, George Sand, Chopin, List o Delacroix. En fin, es el momento cumbre del Romanticismo y el contacto con ese ambiente de ese joven que llega a París recién casado y a punto de tener una hija, es el mundo en el que centro esta novela que me ha llevado cuatro o cinco años terminarla. Lo cierto es que he debido estudiar muchísimo para poder reconstruir toda esta época. Y ahora mismo se llama Amanecer o Todo comienza en París, mi querido Karl Marx.
—ECP: Por último, ¿cuál es el escritor español actual que más te interesa?
—MC: Arturo Pérez Reverte. Tiene una obra, El pintor de batallas, que me parece de una calidad sorprendente. De veras.

Esta entrevista se ha realizado gracias a la concesión de una beca posdoctoral por parte de la Fundación Séneca de Murcia (España) para el desarrollo de una investigación sobre narrativa mexicana del siglo XX, centrada en Sergio Pitol.

lunes, 24 de marzo de 2008

De los números a las letras

De los números a las letras / Miguel Cossío Woodward Por Pedro Rendón López
Publicado en ComunidadIbero, Revista quincenal de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Nueva Época, Número 47, 3 de marzo, 2008 (*)

Siempre quiso dedicarse a la promoción de la cultura y a la literatura en particular, aunque sus dos licenciaturas son en Economía y Ciencias Sociales. Su primera novela, escrita a los 24 años –y que todavía considera imperfecta en muchos sentidos–, le dio a conocer en el mundo cultural cubano y de otros países. Sacchario, historia que versa sobre la zafra azucarera y en la que quiso innovar en el lenguaje –le puso el nombre científico de la caña de azúcar–, obtuvo en 1970 el Premio Internacional de Novela Casa de las Américas. Éste fue el impulso que permitió a Miguel Darío Cossío Woodward, académico del Departamento de Letras, actualmente con un doctorado en Letras Modernas en la Ibero, seguir escribiendo y trabajando en su vocación verdadera, la literatura.
Pero el éxito de Sacchario le hizo demorar bastante tiempo en publicar su segunda novela, Brumario -sobre la crisis de los misiles en 1962–, la cual considera un poco mejor que la anterior y que fue llevada a la pantalla grande con el nombre de Tiempo de amar por su amigo Enrique Pineda, laureado director de cine cubano con quien escribió el guión.
Trabajó varios años en el sector de la economía y más tarde en el cultural de su país para atender las editoriales y en las áreas de derechos de autor. Asístió a congresos de libros y a conferencias internacionales sobre la promoción de la cultura, que le enriquecieron y le permitieron tener una visión mucho más universal. En Cuba desempeñó en diversas ocasiones el papel de jurado en concursos literarios, función que ejerció con cuidado al tratar de ser objetivo y soslayar los gustos propios para valorar las virtudes ajenas y encontrar a su vez los defectos o las limitaciones que puedan tener los textos, sin dejar de apreciar y considerar el trabajo de un autor que se empeñó en producir un escrito.
Cubano de nacimiento –primera generación–, pero con ascendencia mexicana –por abuelo, madre, tío y familia–, varios años se encargó, como diplomático, de la promoción cultural e intercambios académicos entre Cuba y México. Al terminar esta labor decidió quedarse en México para dedicarse a lo que a su modo de ver debe ser la promoción de la literatura, momento en que surgió la oportunidad de ingresar a la Ibero.
En la UIA, además de sus cursos regulares, se ha dedicado también a la promoción, organización y desarrollo de talleres de creación literaria, donde ha contado con un número significativo de personas que aman la literatura, escriben libros, publican y han obtenido premios.
Desde hace muchos años se ha dedicado asimismo a la crítica literaria latinoamericana en general, y en particular de los libros y autores más importantes de la literatura cubana del siglo XX –sobre los cuales ha brindado conferencias alrededor del mundo-, como Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante o José Lezama Lima, y otros más contemporáneos como Antonio Benítez Rojo y Eliseo Alberto.
Como otros grandes de la literatura, Cossío ha dejado plasmadas sus palabras en los periódicos, desde la trinchera de un Granma de Cuba, Le Monde Diplomatique de Francia o Reforma de México, en éste como colaborador frecuente del suplemento Hoja por hoja, con “pequeños ensayos que uno debe hacer por el aprecio a la profesión periodística y el cuidado de decir las cosas de la manera más interesante para los lectores, si esto es posible”.

(*) Se han moderado e introducido pequeñas correciones al texto original. No se incluyen las fotos del reportaje.

lunes, 17 de marzo de 2008

Osvaldo Navarro

Osvaldo Navarro
La muerte llega, salvaje, traicionera y cruel. De un zarpazo, el pasado jueves 7 de febrero se llevó a mi amigo Osvaldo Navarro, poeta, novelista y una de las almas más puras del exilio cubano. Fue todo repentino y rápido, me dijo Elena Tamargo, la mujer –también poeta- con quien estuvo casado durante treinta agitados años, compartidos entre Cuba, la Unión Soviética, México, Miami y de nuevo aquí, donde terminaron sus días de creación y angustia. Sus cenizas quedaron, provisionalmente creo, en un cementerio de Miami, hasta que finalmente vuelvan, en un día no tan lejano, a la tierra natal que tanto amó, con la admiración y el reconocimiento de todos los cubanos. Habrá allá en la isla, como en el exilio, el homenaje y la gloria para quien sin duda fue el poeta más notable de toda una generación dispersa por la tormenta social y el dolor de los tiempos.
Osvaldo Navarro era un guajiro de corazón indócil y entrega absoluta a la nobleza del mundo. Casi un niño, se enroló en la causa de una revolución que prometía hacer de su patria el paraiso del hombre. Estuvo entonces dispuesto a morir en un absurdo holocausto nuclear, por una falsa ilusión en la que, como tantos, creyó con honradez. Pero, más que un soldado, él llevaba en la frente la marca ardiente del artista, y tenía en la garganta la voz profunda y el canto popular de la cubanía. Desde joven, enamorado del amor y entregado a la lírica existencial, publicó varios libros de poemas, entre los cuales brillan las formidables décimas de Xabaneras (1996), obra que, bajo la advocación de Martí, refulge con una impresionante luz propia: “Aquí se ve que te vas /por el bultico en los hombros. /Una montaña de escombros /es lo que dejas detrás. /Hundido en tu madre estás/ para cubrirte del frío. /Queda un espacio vacío /para un fotógrafo ignoto. /Quién hará por mí esa foto /donde te abrazo hijo mío”. Era ya el duro trance del exilio, un dolor del que nunca pudo librarse.
Osvaldo conoció y sufrió inmensamente el engaño del mundo. Se entregó primero a la utopía, y puso la vida misma en la bandera del sueño. Pero nadie como él pudo describir mejor la tragedia del desencanto. Fue capaz de enterrar el corazón y echar a volar las cenizas de su vana fantasía. Supo morir en la cruz de la memoria; cantar desde la herida que impía lo desgarraba; exponer en verso libre a fariseos; hacer de la palabra un dedo acusador; dejar en un libro el alma triste y la ilusión perdida; poner por escrito el testimonio de una fallida aventura a la que entregó, sin vacilar, la entraña tibia, el ojo palpitante y las manos limpias del trabajo noble.
Sólo un poeta como Osvaldo Navarro pudo hacernos temblar con una novela como Hijos de Saturno (2002), mostrarnos los abismos del discurso político, la naturaleza oscura de una retórica que finalmente estaba vacía, destinada a disimular –cual sepulcro blanqueado- la osamenta podrida de un sistema falaz. Sólo Osvaldo pudo narrar desde dentro el problema crucial de millones de cubanos que, habiéndolo dado todo por una revolución supuestamente redentora y justa, terminaron por comprender que fueron hábilmente manipulados, usados como piezas de un aberrante ajedrez del Poder. Ése es el drama que enfrentó Navarro, hijo legítimo de Saturno, a quien un profeta mendaz trató de hacerle creer que la justicia era imposible sin la violencia; y el sacrificio eterno debía ser el destino eterno del socialismo eterno.
Como novelista, Osvaldo alcanzó su mayor registro en Hijos de Saturno, una obra que cuenta la historia de esa historia que todavía no termina y que acaso nadie podrá contar en toda su dimensión humana. Escrita con sangre, y probablemente con lágrimas, como siempre ocurre a quien mucho ha amado y dado de sí, la novela narra la vida del comandante Eustaquio de la Peña, un hombre que luchó primero contra una dictadura y terminó contribuyendo, sin saberlo, al establecimiento de otra dictadura. A través de este personaje llano y al mismo tiempo complejo, enamorado de la tierra, semental de la mulata Engracia y de la razón esencial de la existencia humana, que es la libertad; por medio de este comandante de la naturaleza, pasa como un relámpago la historia de Cuba, hecha de frustradas esperanzas y notorias traiciones, amarga como la hiel cuando debiera ser tan dulce como la caña y airosa como la palma.
En Eustaquio de la Peña, como en el propio Navarro, en el hombre anónimo y el ciudadano común de nuestro pueblo, se resume la tragedia del verdadero héroe, del individuo sencillo que una mañana quiso levantar el sol, sembrar la paz, cosechar los sueños, construir no tanto el paraíso imposible, sino la patria digna donde todos trabajen y ninguno se crea para siempre el jefe. Aquel personaje es simbólico y sin embargo real, verosímil, doloroso, hecho de tantos hombres y mujeres que creyeron firmemente en la utopía y de repente se preguntan, asombrados de su propia culpa, cómo fue posible tanto engaño, tamaña apostasía, semejante tolerancia a un espurio Saturno cuya voracidad se fue tragando, uno a uno, a los hijos que nacieron de la fe y desnudos se flagelan ante todos. Osvaldo Navarro logró penetrar el punto neurálgico de más de una generación victimada por la más grande estafa ideológica del siglo veinte en América Latina. Porque sólo el poeta mira y compadece el alma de los engañados, y con la pluma de angustias escribe, recuerda y recrea los nombres triturados de la quimera arruinada.
Todo era Cuba para este hombre sencillo, depresivo y dulce, transido por la tragedia y la ausencia del suelo donde plantó los sonetos y hacia donde miraba en todo momento su obra de horror y nostalgia. Todo estaba allá, donde el poeta abrió los ojos y pensó que no había nada más hermoso en el mundo; el lugar en el que aprendió el ritmo de la poesía y escribió su primera novela, sobre el Caballo de Mayaguara, personaje también de trágico fin. Todo era por Cuba, para Cuba, porque Osvaldo nunca renegó, sino que siempre reivindicó sus raíces, jamás olvidó el paisaje, ni al amigo, ni al cruel que le arrancó el corazón con que hasta hace poco vivió.
Pronto se publicarán otros libros suyos, ahora póstumos, siempre vitales, tanto de poesía como de ensayo, en particular Las paces con Martí, un texto que generosamente me hizo llegar unos meses atrás. Quedan en mi corazón sus obras, el recuerdo imperecedero de su bonhomía, el sabor del ajíaco insuperable que cocinó algunas tardes de abril aquí, en el Desierto de los Leones, tan lejos de allá, donde entre la amistad, el ron y los versos reconstruíamos un pedazo de la isla sagrada. Todo seguirá existiendo, aún en la desolación de su ausencia física, porque Osvaldo Navarro cumplió con la obra de la vida. Adios, querido amigo. Honor a quien honor merece.

Marzo de 2008